Bienvenidos a la isla del sol
Frente a las costas de Venezuela, Aruba tiene todo lo que el viajero busca en el Caribe: arenas blancas, mar turquesa, cómodos resorts y buen clima todo el año.
La historia a continuación está protagonizada por personas felices y escenografías paradisíacas que surgen de esa pequeña isla del Caribe de sólo 184 kilómetros cuadrados llamada Aruba. Lejos de la ruta de los huracanes y con lloviznas tan moderadas y breves que hasta parece que desde arriba alguien lo estuviera haciendo a propósito para reírse de quienes salen corriendo de la playa y vuelven minutos después como si nada, en Aruba siempre es verano, ya que la temperatura promedio es de 28°C.
Ubicada frente a la costa de Venezuela, originalmente pertenecía al Reino de los Países Bajos, hasta que en 1986 logró la autonomía, pero manteniendo una cercanía eterna con las huestes de la princesa Máxima. Es que si bien tiene sus propias leyes, moneda oficial y gobierno, responde a Holanda en cuestiones de defensa nacional, ciudadanía y relaciones exteriores. Por ejemplo, los arubianos tienen pasaporte holandés y los adolescentes de la isla suelen viajar al Viejo Continente para completar sus estudios o simplemente por el placer de conocer lo nuevo. Algo que también ocurre a la inversa, con teens holandeses que buscan hacerse “el veranito” y escaparle al frío europeo trabajando bajo el sol del Caribe.
Aruba, junto a Bonaire y Curaçao, es parte del trío de antillas holandesas conocido como ABC. Sus playas de arena blanca que no quema los pies se nutren con una hotelería de primer nivel y una población dedicada casi íntegramente al turismo, al punto que la mayoría de sus 110.000 habitantes habla cuatro idiomas: holandés, inglés, español y papiamento, la lengua local que reúne palabras de las anteriores más algunas frases en portugués. Y sorprende oírlos saltar de uno al otro con facilidad, de acuerdo con la necesidad del interlocutor de turno. En época pico, Aruba suele recibir a unos 70 mil visitantes, en su mayoría estadounidenses y holandeses pero, a diferencia de otras playas, nunca se nota que el lugar está colmado.
Carnaval toda la noche
De entrada, la elección parecía equivocada, pero no lo fue. Ya desde el primer día en que se decide el viaje, cualquier mortal que elige ir a Aruba lo hace esperando arrancar con un paseo por el lujo de los grandes hoteles o pensando en una fiesta a puro baile en las playas. Sin embargo, el primer contacto oficial con Aruba fue con el costado menos conocido de la isla. No en Oranjestad, la ciudad principal y cuna de todo lo relacionado con el turismo de excelencia, sino en San Nicolás, un rincón bien autóctono ubicado en uno de los extremos de la isla. Allí viven los arubianos y en sus distintos barrios, filas de casas bajas y coloridas van ganando espacio entre las calles angostas que desembocan en el mar Caribe.
Desde hace un tiempo, en San Nicolás todas las noches de jueves el gobierno local organiza los festejos previos al gran carnaval, que tiene lugar entre fines de febrero y marzo. Y si bien esa previa no compite en cantidad de escolas de samba ni de garotas con las celebraciones de Río o de Gualeguay-chú, por ejemplo, tiene el encanto único de la mixtura cultural que sólo se puede conseguir en una isla que inicialmente fue ocupada por los españoles y luego pasó a manos de portugueses, ingleses y holandeses, respectivamente. La fiesta se desarrolla en las calles, con los bailarines vestidos con distintas plumas y lentejuelas e invitando a los turistas a participar de cada movimiento. Todo con la posibilidad de probar el Aruba Ariba, un trago que acompañará el resto del relato.
De Oranjestad a las playas
Oranjestad parece estar dividida en dos. Por un lado, la magnificencia del mar turquesa y transparente, que le da al lugar un carácter bien caribeño. Y por el otro, los autos último modelo con el eslogan “One happy island” (una isla feliz) en la chapa, los grandes hoteles y las cadenas de comida rápida que remiten a un paisaje más bien norteamericano, con comercios ubicados en complejos separados unos de otros por amplias avenidas. Pero atenti que no todo es comida al paso, en Aruba también se pueden degustar platos locales elaborados, como de casi todo el mundo. Una buena opción para los que buscan algo de lo primero es The Old Fisherman, donde ofrecen desde una increíble langosta hasta distintos platos de la comida autóctona, obviamente siempre bien acompañados por un (o varios, según el aguante) Aruba Ariba. Ambientado como un bar de puerto, el restaurante está ubicado en la pintoresca zona céntrica de Oranjestad, donde a lo largo de pocas cuadras se superpone una veintena de joyerías pensadas, casi exclusivamente, para el público top que baja de los cruceros. Y si lo que buscan es una cena romántica, el lugar indicado es Pinchos Grill & Bar, ubicado casi sobre el agua y con una carta de comidas y bebidas de primer nivel.
Pero volviendo al tema de las playas, hay dos que captan la mayor parte de la atención de los turistas: Palm y Eagle Beach, donde las cadenas hoteleras ocupan gran parte de la arena, pero no todo. Aquí es donde los días al sol terminan en noches bajo la luz de la luna, con paradores 24 horas que ofrecen tragos, comida y música bastante similar a la que se escucha en nuestras pampas.
Al agua, pato
Mientras la mayoría se ponía sus patas de rana, él se entretenía mirando qué ocurría a su alrededor en el barco. Tres rubias estadounidenses de pierna ancha y cara de primer día de sol caminaban de un lado al otro del catamarán como salidas de una bizarra película de extraterrestres estrenada en los ochenta. Cerca de una barra de tragos que, con el paso de las olas iría ganando adeptos pese a que recién habían pasado unos minutos de las 9 de la mañana, una pareja de italianos se probaba el equipo para hacer snorkel. Hace rato que se habían ganado la atención del resto. El, por su diminuto, y complicado de usar en la Bristol, slip blanco. Y ella, por su andar desprejuiciado y solitario de proa a popa. Un tercer grupo también tenía su personaje movedizo. Colombiano él, hace rato que tenía ganas de tomarse un Aruba Ariba, pero una y otra vez cedía ante el reto de su novia, demostrando que también fronteras afuera, quien manda en una pareja pocas veces lleva puesto los pantalones.
Como habrán notado, la tercera jornada en Aruba arrancó a bordo. En este caso del Palm Pleasure, un catamarán que zarpa cargado de Aruba Ariba en su bodega y tiene como itinerario un recorrido de medio día que incluye tres paradas de snorkel que permiten apreciar las distintas variedades de peces locales a centímetros de los ojos, o antiparras para ser más precisos, porque el paseo incluye el préstamo de las patas de rana, los tubos para respirar bajo el agua y todo el equipamiento necesario para una jornada ideal. Y como si todo estuviera guionado (o pagado para algún mal pensado) a lo largo de la mañana que se tornó en tarde, un pelícano en busca de peces y una impresionante tortuga marina se arrimaron hasta el barco para el deleite de los incrédulos pasajeros. Pero como no todo es snorkel en esta vida, también hubo espacio para que un par de intrépidos que, recordando tiempos de cabelleras completas y menos panza, decidieron usar la parte más alta del barco para lanzarse al mar como si fueran niños en pleno juego.
El lado oculto de la isla
No apto para cardíacos o, al menos, para personas impresionables, pero sí que vale la pena una vez que termina. El día final en Aruba fue de todo menos light porque la jornada representó, en su mayoría, un paseo a bordo de dos Land Rover por el Parque Nacional Arikok, el Natural Pool, Baby Beach y el resto del sector menos visitado de la isla.
Con acompañantes en amplia mayoría gringos y el ondular provocado por andar por un camino que no era tal, la posibilidad de conversar dentro del Land Rover se limitó a la nada misma. Pero lo que se perdió en sociabilidad, se ganó en entorno porque el recorrido arrancó bordeando la costa, ya no en esas impresionantes avenidas al estilo norteamericano, sino sobre la arena misma, el ripio. o vaya a saber qué había bajo el vehículo. Una capilla construida en 1750, el faro que orientaba a los barcos cuando la navegación era otra cosa y una suerte de mini zoológico, pero sólo de avestruces, fueron apareciendo en el horizonte. Aunque lo mejor todavía estaba por llegar. Y como en los buenos relatos, fue haciéndolo de a poco. Primero, una zambullida en la piscina natural que el mar formó entre un cúmulo de rocas, donde los que quisieron también hicieron snorkel. Segundo, una recorrida por la cueva Guadikiri con sus estalactitas y estalagmitas. Y tercero, el final en Baby Beach, “la playa” de Aruba.
En Este blog encontrara descripciones de variados destinos, buscando aportar informacion, y experiencias diferentes
lunes, 7 de octubre de 2013
CURACAO: La isla de la fantasía
La isla de la fantasía:
En el sur del Caribe, la mayor de las Antillas Holandesas impacta con sus playas perfectas, su riqueza cultural y la colorida Willemstad. Una meca del buceo, donde nunca falta el buen licor.
Cada vez que suena la sirena –algo que ocurre varias veces al día–, la isla cambia de fisonomía. Todo el mundo apura el paso y algunos, incluso, empiezan a correr. Esta alteración en la rutina es, paradójicamente, parte de la cotidianeidad de la gente que vive en Curaçao . Como cuando sonaba el timbre en la escuela primaria y nos arrojábamos, con euforia exagerada, hacia el recreo, aquí la meta es alcanzar la otra orilla. No importa de qué lado d el puente flotante Reina Emma nos encuentre el timbrazo, uno siempre querrá estar en el otro extremo. El colmo del inconformismo o una carrera absurda más, lo cierto es que muchas personas no llegan a abandonar la estructura de madera y ésta comienza a deslizarse sobre el mar hasta quedar paralela junto a una de las márgenes. Entonces, un barco de profundo calado cruza lentamente por el lugar y toda la maniobra cobra sentido para asombro del forastero.
El tránsito marítimo es intenso en el sur del Caribe , alrededor de las islas conocidas como ABC, en alusión a sus iniciales. Situada entre Aruba y Bonaire, Curaçao es la mayor de las Antillas Holandesas , con 444 km2 y a sólo 60 km de la costa venezolana. La fórmula “arenas blancas–mar turquesa–sol todo el año”, imán para el turismo internacional, se perfecciona aquí gracias a su ubicación privilegiada, fuera de la franja de huracanes.
Un secreto a voces Con 150 mil habitantes, Curaçao ostenta una tranquilidad que confirma que se trata de uno de los secretos mejor guardados del Caribe. Precisametne, el mayor movimiento se percibe junto al puente Reina Emma –construido en 1888 y restaurado en 2006–, donde la capital Willemstad presenta una sucesión encantadora de bares junto al mar, restaurantes, hoteles y casinos siempre abiertos.
Además de los buques que transitan por estas aguas, siempre se ve alguno de los cientos de cruceros turísticos que arriban al puerto cada año, con su gran porte formando parte del paisaje, delante de edificios pintados en tonalidades vibrantes y alegres, como amarillo verde o rosa.
La arquitectura remite al estilo holandés. Y como una pequeña Amsterdam en pleno Caribe, de cara a la bahía de Santa Ana, el centro histórico Punda permite conocer el pasado singular del lugar. Pero vayamos por partes.
El primer europeo en llegar a este grupo de islas fue el explorador español Alonso de Ojeda en 1499. El adelantado no era lo que actualmente se calificaría como un visionario: después de recorrer las tierras áridas bañadas por aguas transparentes y cálidas, con vegetación y fauna desértica, concluyó que eran “islas inútiles”.
Los españoles conocieron también a los nativos arawakos, pero pronto se olvidaron del asunto, ya que concentraron su interés en las minas de oro de la cercana Santo Domingo. En 1634 tomó posesión Holanda, por casi dos siglos, con un intervalo en 1805, cuando este país sufrió una invasión inglesa. Los holandeses recién recuperaron el control en 1816 y, en la actualidad, los nacidos en Curaçao son considerados ciudadanos holandeses.
Ante la intensa actividad de su puerto, el dominio holandés y el comercio de esclavos africanos, Curaçao se expandió con la diversidad cultural como constante. Porque la mezcla de nacionalidades (españoles, holandeses, arawakos, africanos, y también, latinos e indios) dejó su impronta en la cultura, las costumbres, la gastronomía, la música y, claro está, en el lenguaje. Una de las mayores sorpresas.
“Bon dia”, “¿Kon ta bai?”. Uno escucha y no tarda en deducir “Buen día”, “¿Cómo te va?”, al no encontrar demasiado margen para el error en la lengua que habla con extrema amabilidad la gente de Curaçao. Entonces, se agradece (“Danki”) cada vez que se recibe la bienvenida (“Bon bini”).
La explicación es más sencilla de lo que parece. El idioma oficial es el papiamento, y aunque sólo se entienden frases sueltas, todo resulta musical y familiar: es que el papiamento deriva del holandés, el portugués y el español. Sin embargo, todos dominan el holandés, inglés y español, y saltan de un idioma a otro sin el menor esfuerzo.
Para quienes eligen este destino para aislarse del mundo, y también para los que llegan a Willemstad a bordo de un mega crucero dispuestos a conocer playas increíbles, se recomienda visitar primero el Museo Curaçao. Después del desayuno, antes de que el calor sea asfixiante, un ratito nomás. Vale la pena.
En la casa de estilo colonial funcionaba en el pasado el hospital militar (en el siglo XIX, hubo una epidemia de fiebre amarilla) y hoy conserva mobiliario de época que remite a costumbres y creencias a veces insólitas. Por ejemplo, llama la atención la cocina, con las paredes pintadas de colorado y lunares blancos. Sonará gracioso, pero los lugareños creían que así lograban “marear” a los mosquitos y volverlos vulnerables. Otra rareza: en una sala se exhibe el primer avión que voló de Holanda a Curaçao luego de hacer siete paradas porque sus pilotos lo mantenían en el aire ¡a pedal! Sin una nube a la vista y con la temperatura rozando los 30°C, nunca se olvida el objetivo inicial y supremo del viaje: la playa. Sólo en la costa Sur, la isla tiene cerca de 40, cada una con características distintivas. Con acantilados, con arrecifes de coral y miles de peces de colores, con reposeras que se vuelven camas bajo tules blancos... Todas tendrán en común las aguas amables y traslúcidas, ideales para la práctica de snorkel y buceo. Las oportunidades surgirán en todo momento, como las compañías que alquilan equipos y brindan clases.
Antes de llegar a la playa, tomamos una excursión a las Cuevas de Hato, con estalagmitas, estalactitas y pinturas rupestres de 1.500 años de antigüedad. Extensas (caminarlas demandaría unas siete horas) y altas ( hato significa alto), las cuevas volcánicas servían de refugio a los esclavos negros que huían del trabajo en las plantaciones de plátanos y otras frutas. Si los techos lucen oscuros es por las fogatas y antorchas que encendían entonces. Arnold, el guía, juega con nuestros miedos ancestrales y apaga las luces. Luego, tomamos jugo de aloe vera. Y para cerrar la cadena de experiencias inesperadas, vemos decenas de flamencos rosados: atraídos por el sol, la sal y los camarones, llegan de Venezuela y se instalan en el lago San Miguel.
Se nos fue hasta el ocaso y queda pendiente un café en aquel bar adorable junto al puente flotante. Entonces, sospecho que aquí las horas, por felices, siempre resultarán breves.
PANAMA: Canal abierto
Panamá, canal abierto
El país que une los dos océanos vive un auge turístico sin precedente con mucho para ofrecer: playas inexploradas, parques nacionales, montañas, variedad de paisajes y shoppings de última generación..., con precios imbatibles
PANAMA.- Pregunte a cualquiera qué sabe de Panamá y, nueve sobre diez, le mencionarán el canal. Algunos tal vez evoquen a Noriega, ex dictador que en los últimos días volvió a cobrar un relativo protagonismo por su extradición a Francia.
Sin desconocer el enorme potencial turístico del paso entre interocéanico, el país que fue colonia española, provincia colombiana y protectorado estadounidense, ahora apuesta por reforzar su propia identidad. Y esto incluye difundir sus otros atractivos, desde las playas repartidas en dos costas hasta las llanuras húmedas, los bosques montañosos, los monumentos históricos o los shoppings de última generación.
Y, por lo que cuentan desde la Secretaría de Turismo, parece que no le va nada mal. Un millón y medio de turistas visita anualmente este país estrecho con forma de s recostada -el más angosto de América-, cifra con la que ni soñaban hace una década.
"Durante años estuvimos bajo la bota yanqui, en letargo total, pero ahora despertamos", ilustra un funcionario mientras se mete una caramañola (especie de croqueta rellena de queso blanco, guiso de tomate y plátano maduro) de lleno en la boca.
La bota yanqui, por si caben dudas, son los 85 años (1914-1999) en los que Estados Unidos administró el Canal de Panamá. El antiguo cinturón militar que ciñe el cruce entre los océanos está formado por bases, oficinas administrativas, escuelas y residencias que poco a poco se van recuperando como colegios y hoteles.
Pero de la presencia norteamericana quedan aún unos cuantos legados, con la economía dolarizada como el más notable. Las personas también se pesan en libras, la nafta se vende en galones, el auto se parquea o si algo es lindo, entonces será priti (del inglés pretty). Después están los típicos ómnibus escolares estadounidenses -como el que conduce el alocado Otto, de Los Simpson -, pero que aquí se pintaron con colores vivos y se llenaron de frases del tipo Jesús te ama , Janeth, pedacito de mi cielo o Titanic, una leyenda . Pintorescos y folklóricos como son, estos vehículos se conocen como Diablos Rojos por la cantidad de accidentes que han provocado en las atestadas calles de la ciudad.
Por si faltaran nombres originales (Dayanis, Osiris, Josamel, Shajaira, son apenas una mínima muestra de los que se cruzaron en el camino) se agregan otros como Uandolar (one dollar, y es de hombre) o localidades como la de Arraiján. Cuentan que esta última está frente a la zona canalera que solía pertenecer a los norteamericanos. Y éstos, cuando daban las indicaciones para llegar a la mencionada localidad, subrayaban la necesidad de tomar a right hand (a mano derecha). Y así fue como a right hand pasó a ser Arraiján, y Arraiján quedó nomás.
Anécdotas aparte, a la moderna ciudad de Panamá se la conoce como la Ciudad de los Rascacielos por la cantidad de torres que trepan al cielo y compiten en altura y espectacularidad. Lo llamativo es que el boom de la construcción explotó en los últimos años, mezcla de un paquete de beneficios fiscales para atraer multinacionales y del hecho de que, antes de 1999, la ciudad no podía crecer hacia las llamadas áreas revertidas, las zonas boscosas del canal. Ahora, hasta Donald Trump ha invertido en los millonarios desarrollos inmobiliarios, despachándose con un hotel de 62 pisos y forma de velero, muy al estilo del Burj Al-Arab, de Dubai.
La avenida Balboa, que discurre paralela al océano Pacífico, la nueva Costa del Este (con terrenos ganados al mar) o la avenida España, centro financiero de la capital, son el exponente de la Panamá moderna y cosmopolita, la misma que se precia de ser la meca imbatible del shopping.
La otra cara de Panamá está en las huellas de su pasado precolombino y colonial, resguardadas en el casco antiguo de la ciudad.
Porque los primeros en desembarcar en estas latitudes fueron los españoles, que no perdieron tiempo y fundaron ciudades como Portobelo o la misma Panamá, en 1519. Esta última, cuna de los tesoros de la corona española, fue saqueada y destruida por el pirata Henry Morgan en 1671. Hoy apenas quedan en pie los restos de la catedral, las casas del clérigo y un puñado de ruinas -conjunto monumental histórico que se conoce como Panamá La Vieja-, todo en medio de una vegetación espesa y tropical, a 8 km de Panamá city.
Por suerte, el fantástico altar recubierto en oro fue salvado de la rapiña de los piratas y trasladado a lo que hoy es el casco antiguo, donde se reconstruyó la nueva ciudad. Allí, las estrechas calles empedradas, fachadas coloniales y balcones de hierro forjado conviven con ropa que cuelga de las ventanas, vecinas de ruleros que escuchan reggaeton a todo volumen, peluquerías improvisadas en medio de una vereda o indias kuna que venden sus coloridos tejidos (las molas, consideradas unas de las más sofisticadas artesanías en América latina).
El gobierno emprendió hace poco la restauración del barrio, empezando por los edificios cercanos al parque Mayor y al Palacio de las Garzas, residencia presidencial. Al mismo tiempo, los conventos dilapidados se reconvierten en lofts, en los viejos edificios militares se instalan tiendas y restaurantes, y las antiguas casonas se transforman en hoteles boutique.
¿La próxima Costa Rica?
Los emprendimientos inmobiliarios no son exclusivos de la ciudad. A medida que la ruta deja atrás la maraña de torres espejadas comienzan a asomar los cartelones que anuncian la construcción de tal o cual condominio, todos con nombres similares como Villas del Pacífico, Ocean View, View Bay, Vista Mar...
Hay quienes se aventuran a decir que Panamá se encamina a ser la nueva Costa Rica, donde los mega-hotels y resorts se adueñaron de ciertas provincias sobre el Pacífico.
La diferencia es que en Panamá aún persisten comarcas indígenas como las de Kuna Yala, Emberá y Ngöbe-Buglé, territorios semiautónomos donde las construcciones a gran escala están prohibidísimas. Sí se promueve, en cambio, el turismo ecológico y el alojamiento en cabañas que administran las mismas comunidades.
Porque antes que los españoles, los estadounidenses, el canal, los rascacielos o Noriega estuvieron ellos, los nativos, los mismos que bautizaron a estas tierras rebosantes de naturaleza como Panamá. Que no significa otra cosa, en lengua indígena, que abundancia de peces, árboles y mariposas .
El atajo
Los pasajeros saludan, el público aplaude, más de uno se emociona. El espectáculo se repite varias veces al día, todos los días del año, cada vez que un barco o un crucero atraviesa el Canal de Panamá (tarda de 8 a 10 horas).
"Hasta aquí han llegado personas cuyo sueño en la vida era conocer este icono. Y han llorado al verlo operando", cuenta Dazzel Marshall, de la Oficina de Comunicaciones del canal, que no se cansa de repetir las cifras que lógicamente conoce de memoria. Y hasta las cita con orgullo: por año cruzan el canal más de 14.000 barcos, o entre 35 a 40 por día, llegando a pagar hasta 300.000 dólares de derecho de paso (aunque el promedio es de 90.000. Y atención, porque en 1928 un hombre cruzó los 80 km a nado, pagando apenas 28 centavos de peaje ).
Hasta 1999, cuando el canal era administrado por Estados Unidos, los ingresos eran destinados exclusivamente a su mantenimiento. Hoy, ya en manos panameñas, lo que prima son los fines de lucro. Por eso, con la construcción del tercer juego de esclusas (que estará listo en 2014, con una inversión de 5250 millones de dólares), el gobierno pretende mantener aceitada una máquina de dinero que le depara la tercera parte de su PBI.
"Las esclusas son como ascensores de agua, mientras el canal es como un gigantesco puente de agua", ilustra Marshall, para simplificar la explicación sobre el funcionamiento de las esclusas, que gradualmente bajan los barcos del Atlántico al Pacífico y viceversa, ya que hay un desnivel de 26 metros entre las aguas de ambos mares.
Así, lo que comenzó siendo el sueño del emperador Carlos V y la pesadilla del ingeniero francés Ferdinand de Lesseps (que fracasó después de 20 años de obra), se convirtió en una realidad a principios del siglo XX, de la mano de Estados Unidos. Esta titánica obra de ingeniería consiguió unir dos océanos tras diez años de construcción, 352 millones de dólares de inversión y 25.000 vidas sesgadas por la malaria, la peste y la fiebre amarilla.
"Ya lo saben: el que no visitó el canal, entonces nunca estuvo en Panamá", se despide Marshall.
Radiografía del turista
Los europeos buscan ecoturismo, playas y naturaleza; los norteamericanos, buenos resorts, restaurantes y pesca; los sudamericanos, shopping; los asiáticos, casinos y también compras al por mayor (en la zona franca de Colón). A rasgos generales, ése es el perfil de visitantes que recibe Panamá, aunque también el turismo de salud atrae multitudes. Implantes dentales, cirugías plásticas y cardiología son algunas de las especialidades más solicitadas por europeos y norteamericanos. De paso, éstos tantean el terreno para venir a pasar sus últimos años a estas tierras. No por nada la publicación estadounidense International Living nombró a Panamá, por séptimo año consecutivo, como uno de los cinco mejores lugares del mundo para retirarse.
Con permiso del cacique
Así como la ciudad de Panamá impacta por su extenso perfil de acero y hormigón, no menos sorpresivo es pasar, en cuestión de minutos, al oasis de verde profundo y por momentos montañoso que abraza al resto del país. Trece parques nacionales, ocho reservas forestales y una veintena de zonas protegidas son el hogar de más de mil especies de mariposas, 927 de aves (tantas como Estados Unidos y Canadá juntos) y 1200 de orquídeas.
La frondosa provincia de Darién, en el límite con Colombia, es la zona más salvaje de Panamá, además de la única sección de América Central que no es atravesada por la Carretera Panamericana. Alberga inmensas áreas de selva virgen y pueblos indígenas que han vivido de la misma forma durante siglos.
Otro territorio atemporal y políticamente independiente dentro de las fronteras de Panamá es la reserva Kuna Yala, de los indios kuna, también conocida como San Blas (cuenta desde 1925 con autoridades y leyes propias). La comarca abarca 365 islas (sí, una por cada día del año) en las aguas turquesas del Caribe, pero sólo 49 están habitadas. Si bien en los últimos años se ha convertido en un destino cada vez más popular, el turismo a las islas está estrictamente limitado, y los visitantes deben pedir permiso al cacique para poder pasar la noche. Aunque el turismo significa una fuente de ingreso, los kunas son en gran parte autosuficientes y tienen interacción limitada con el mundo moderno . Los cocos, de hecho, son usados como un tipo de moneda entre ellos. Y más vale no intentar llevarse uno de alguna isla aparentemente deshabitada, porque estos frutos son protegidos de cerca.
DATOS UTILES
Cómo llegar
Copa Airlines tiene vuelos directos diarios entre Buenos Aires y Panamá,
Atención con quedarse al menos un día en Panamá, centro de conexión obligado para muchos vuelos por América central.
El canal
La entrada para visitar la esclusa de Miraflores del Canal de Panamá es de US$ 8. Incluye el acceso al Centro de Visitantes y sus cuatro salas de exhibición.
Los barcos construidos pensando en el canal, cuyas medidas son de 33,5 m de manga y 305 de eslora, se conocen como Panamax. Los que se construyen en función de las nuevas esclusas, y que podrán tener 49 metros de manga y 366 de eslora, son los Post Panamax.
.Se puede cruzar también de océano a océano en tren, en el Panamá Canal Railway, de lunes a viernes, por US$ 22 el tramo (son 55 minutos).
En internet
www.atp.gob.pa
El país que une los dos océanos vive un auge turístico sin precedente con mucho para ofrecer: playas inexploradas, parques nacionales, montañas, variedad de paisajes y shoppings de última generación..., con precios imbatibles
PANAMA.- Pregunte a cualquiera qué sabe de Panamá y, nueve sobre diez, le mencionarán el canal. Algunos tal vez evoquen a Noriega, ex dictador que en los últimos días volvió a cobrar un relativo protagonismo por su extradición a Francia.
Sin desconocer el enorme potencial turístico del paso entre interocéanico, el país que fue colonia española, provincia colombiana y protectorado estadounidense, ahora apuesta por reforzar su propia identidad. Y esto incluye difundir sus otros atractivos, desde las playas repartidas en dos costas hasta las llanuras húmedas, los bosques montañosos, los monumentos históricos o los shoppings de última generación.
Y, por lo que cuentan desde la Secretaría de Turismo, parece que no le va nada mal. Un millón y medio de turistas visita anualmente este país estrecho con forma de s recostada -el más angosto de América-, cifra con la que ni soñaban hace una década.
"Durante años estuvimos bajo la bota yanqui, en letargo total, pero ahora despertamos", ilustra un funcionario mientras se mete una caramañola (especie de croqueta rellena de queso blanco, guiso de tomate y plátano maduro) de lleno en la boca.
La bota yanqui, por si caben dudas, son los 85 años (1914-1999) en los que Estados Unidos administró el Canal de Panamá. El antiguo cinturón militar que ciñe el cruce entre los océanos está formado por bases, oficinas administrativas, escuelas y residencias que poco a poco se van recuperando como colegios y hoteles.
Pero de la presencia norteamericana quedan aún unos cuantos legados, con la economía dolarizada como el más notable. Las personas también se pesan en libras, la nafta se vende en galones, el auto se parquea o si algo es lindo, entonces será priti (del inglés pretty). Después están los típicos ómnibus escolares estadounidenses -como el que conduce el alocado Otto, de Los Simpson -, pero que aquí se pintaron con colores vivos y se llenaron de frases del tipo Jesús te ama , Janeth, pedacito de mi cielo o Titanic, una leyenda . Pintorescos y folklóricos como son, estos vehículos se conocen como Diablos Rojos por la cantidad de accidentes que han provocado en las atestadas calles de la ciudad.
Por si faltaran nombres originales (Dayanis, Osiris, Josamel, Shajaira, son apenas una mínima muestra de los que se cruzaron en el camino) se agregan otros como Uandolar (one dollar, y es de hombre) o localidades como la de Arraiján. Cuentan que esta última está frente a la zona canalera que solía pertenecer a los norteamericanos. Y éstos, cuando daban las indicaciones para llegar a la mencionada localidad, subrayaban la necesidad de tomar a right hand (a mano derecha). Y así fue como a right hand pasó a ser Arraiján, y Arraiján quedó nomás.
Anécdotas aparte, a la moderna ciudad de Panamá se la conoce como la Ciudad de los Rascacielos por la cantidad de torres que trepan al cielo y compiten en altura y espectacularidad. Lo llamativo es que el boom de la construcción explotó en los últimos años, mezcla de un paquete de beneficios fiscales para atraer multinacionales y del hecho de que, antes de 1999, la ciudad no podía crecer hacia las llamadas áreas revertidas, las zonas boscosas del canal. Ahora, hasta Donald Trump ha invertido en los millonarios desarrollos inmobiliarios, despachándose con un hotel de 62 pisos y forma de velero, muy al estilo del Burj Al-Arab, de Dubai.
La avenida Balboa, que discurre paralela al océano Pacífico, la nueva Costa del Este (con terrenos ganados al mar) o la avenida España, centro financiero de la capital, son el exponente de la Panamá moderna y cosmopolita, la misma que se precia de ser la meca imbatible del shopping.
La otra cara de Panamá está en las huellas de su pasado precolombino y colonial, resguardadas en el casco antiguo de la ciudad.
Porque los primeros en desembarcar en estas latitudes fueron los españoles, que no perdieron tiempo y fundaron ciudades como Portobelo o la misma Panamá, en 1519. Esta última, cuna de los tesoros de la corona española, fue saqueada y destruida por el pirata Henry Morgan en 1671. Hoy apenas quedan en pie los restos de la catedral, las casas del clérigo y un puñado de ruinas -conjunto monumental histórico que se conoce como Panamá La Vieja-, todo en medio de una vegetación espesa y tropical, a 8 km de Panamá city.
Por suerte, el fantástico altar recubierto en oro fue salvado de la rapiña de los piratas y trasladado a lo que hoy es el casco antiguo, donde se reconstruyó la nueva ciudad. Allí, las estrechas calles empedradas, fachadas coloniales y balcones de hierro forjado conviven con ropa que cuelga de las ventanas, vecinas de ruleros que escuchan reggaeton a todo volumen, peluquerías improvisadas en medio de una vereda o indias kuna que venden sus coloridos tejidos (las molas, consideradas unas de las más sofisticadas artesanías en América latina).
El gobierno emprendió hace poco la restauración del barrio, empezando por los edificios cercanos al parque Mayor y al Palacio de las Garzas, residencia presidencial. Al mismo tiempo, los conventos dilapidados se reconvierten en lofts, en los viejos edificios militares se instalan tiendas y restaurantes, y las antiguas casonas se transforman en hoteles boutique.
¿La próxima Costa Rica?
Los emprendimientos inmobiliarios no son exclusivos de la ciudad. A medida que la ruta deja atrás la maraña de torres espejadas comienzan a asomar los cartelones que anuncian la construcción de tal o cual condominio, todos con nombres similares como Villas del Pacífico, Ocean View, View Bay, Vista Mar...
Hay quienes se aventuran a decir que Panamá se encamina a ser la nueva Costa Rica, donde los mega-hotels y resorts se adueñaron de ciertas provincias sobre el Pacífico.
La diferencia es que en Panamá aún persisten comarcas indígenas como las de Kuna Yala, Emberá y Ngöbe-Buglé, territorios semiautónomos donde las construcciones a gran escala están prohibidísimas. Sí se promueve, en cambio, el turismo ecológico y el alojamiento en cabañas que administran las mismas comunidades.
Porque antes que los españoles, los estadounidenses, el canal, los rascacielos o Noriega estuvieron ellos, los nativos, los mismos que bautizaron a estas tierras rebosantes de naturaleza como Panamá. Que no significa otra cosa, en lengua indígena, que abundancia de peces, árboles y mariposas .
El atajo
Los pasajeros saludan, el público aplaude, más de uno se emociona. El espectáculo se repite varias veces al día, todos los días del año, cada vez que un barco o un crucero atraviesa el Canal de Panamá (tarda de 8 a 10 horas).
"Hasta aquí han llegado personas cuyo sueño en la vida era conocer este icono. Y han llorado al verlo operando", cuenta Dazzel Marshall, de la Oficina de Comunicaciones del canal, que no se cansa de repetir las cifras que lógicamente conoce de memoria. Y hasta las cita con orgullo: por año cruzan el canal más de 14.000 barcos, o entre 35 a 40 por día, llegando a pagar hasta 300.000 dólares de derecho de paso (aunque el promedio es de 90.000. Y atención, porque en 1928 un hombre cruzó los 80 km a nado, pagando apenas 28 centavos de peaje ).
Hasta 1999, cuando el canal era administrado por Estados Unidos, los ingresos eran destinados exclusivamente a su mantenimiento. Hoy, ya en manos panameñas, lo que prima son los fines de lucro. Por eso, con la construcción del tercer juego de esclusas (que estará listo en 2014, con una inversión de 5250 millones de dólares), el gobierno pretende mantener aceitada una máquina de dinero que le depara la tercera parte de su PBI.
"Las esclusas son como ascensores de agua, mientras el canal es como un gigantesco puente de agua", ilustra Marshall, para simplificar la explicación sobre el funcionamiento de las esclusas, que gradualmente bajan los barcos del Atlántico al Pacífico y viceversa, ya que hay un desnivel de 26 metros entre las aguas de ambos mares.
Así, lo que comenzó siendo el sueño del emperador Carlos V y la pesadilla del ingeniero francés Ferdinand de Lesseps (que fracasó después de 20 años de obra), se convirtió en una realidad a principios del siglo XX, de la mano de Estados Unidos. Esta titánica obra de ingeniería consiguió unir dos océanos tras diez años de construcción, 352 millones de dólares de inversión y 25.000 vidas sesgadas por la malaria, la peste y la fiebre amarilla.
"Ya lo saben: el que no visitó el canal, entonces nunca estuvo en Panamá", se despide Marshall.
Radiografía del turista
Los europeos buscan ecoturismo, playas y naturaleza; los norteamericanos, buenos resorts, restaurantes y pesca; los sudamericanos, shopping; los asiáticos, casinos y también compras al por mayor (en la zona franca de Colón). A rasgos generales, ése es el perfil de visitantes que recibe Panamá, aunque también el turismo de salud atrae multitudes. Implantes dentales, cirugías plásticas y cardiología son algunas de las especialidades más solicitadas por europeos y norteamericanos. De paso, éstos tantean el terreno para venir a pasar sus últimos años a estas tierras. No por nada la publicación estadounidense International Living nombró a Panamá, por séptimo año consecutivo, como uno de los cinco mejores lugares del mundo para retirarse.
Con permiso del cacique
Así como la ciudad de Panamá impacta por su extenso perfil de acero y hormigón, no menos sorpresivo es pasar, en cuestión de minutos, al oasis de verde profundo y por momentos montañoso que abraza al resto del país. Trece parques nacionales, ocho reservas forestales y una veintena de zonas protegidas son el hogar de más de mil especies de mariposas, 927 de aves (tantas como Estados Unidos y Canadá juntos) y 1200 de orquídeas.
La frondosa provincia de Darién, en el límite con Colombia, es la zona más salvaje de Panamá, además de la única sección de América Central que no es atravesada por la Carretera Panamericana. Alberga inmensas áreas de selva virgen y pueblos indígenas que han vivido de la misma forma durante siglos.
Otro territorio atemporal y políticamente independiente dentro de las fronteras de Panamá es la reserva Kuna Yala, de los indios kuna, también conocida como San Blas (cuenta desde 1925 con autoridades y leyes propias). La comarca abarca 365 islas (sí, una por cada día del año) en las aguas turquesas del Caribe, pero sólo 49 están habitadas. Si bien en los últimos años se ha convertido en un destino cada vez más popular, el turismo a las islas está estrictamente limitado, y los visitantes deben pedir permiso al cacique para poder pasar la noche. Aunque el turismo significa una fuente de ingreso, los kunas son en gran parte autosuficientes y tienen interacción limitada con el mundo moderno . Los cocos, de hecho, son usados como un tipo de moneda entre ellos. Y más vale no intentar llevarse uno de alguna isla aparentemente deshabitada, porque estos frutos son protegidos de cerca.
DATOS UTILES
Cómo llegar
Copa Airlines tiene vuelos directos diarios entre Buenos Aires y Panamá,
Atención con quedarse al menos un día en Panamá, centro de conexión obligado para muchos vuelos por América central.
El canal
La entrada para visitar la esclusa de Miraflores del Canal de Panamá es de US$ 8. Incluye el acceso al Centro de Visitantes y sus cuatro salas de exhibición.
Los barcos construidos pensando en el canal, cuyas medidas son de 33,5 m de manga y 305 de eslora, se conocen como Panamax. Los que se construyen en función de las nuevas esclusas, y que podrán tener 49 metros de manga y 366 de eslora, son los Post Panamax.
.Se puede cruzar también de océano a océano en tren, en el Panamá Canal Railway, de lunes a viernes, por US$ 22 el tramo (son 55 minutos).
En internet
www.atp.gob.pa
PANAMA: El rostro panameño del Caribe
El rostro panameño del Caribe
Un recorrido por la capital y las coloridas islas de San Blas. Sabores e historia junto al famoso canal, una de las obras de ingeniería más relevantes del mundo.
Una joven corre hacia el embarcadero. Otras la imitan y salen raudas hacia el muelle. Visten polleras y blusas llamativas. Un pañuelo rojo cubre sus cabelleras y, alrededor de las piernas, unas tiras, una especie de anillos, casi hasta las rodillas. Los colores y la confección de estas prendas no son comunes. Una lancha repleta de pasajeros y mercancías ya está cerca del espigón. Viaja en ella una niña rubia de dos años, que sonríe y levanta su manita. “Mola, kuna, Charly”, dice, alentada entre risas por los padres. A medida que descienden se saludan con los miembros de la comunidad Kuna Yala, vientre de los tejidos llamados molas. Acaban de poner pie en una de las fascinantes islas del archipiélago de San Blas, frente a las costas caribeñas de Panamá. El periplo además recorrerá la city panameña y el atajo marítimo más importante del mundo; la unión de dos océanos, producto del ingenio del hombre: el Canal de Panamá.
Contrapuntos
Luego de un trayecto de casi 60 km serpenteantes desde el centro de la ciudad capital, en unas camionetas 4x4 (las únicas unidades que transportan hasta allí a turistas y locales, dado lo empinado de algunas elevaciones), se arriba a Puerto Kartí, principal base de partida continental hacia las 365 islas de la comarca Kuna, de las cuales sólo 52 se hallan habitadas. Media hora de navegación rápida acercan a Wichiwala y El Porvenir, dos poblados insulares de los nativos kunas. A esta última isla arriban avionetas desde el aeropuerto internacional Marcos A. Gelabert. El viaje dura unos 20 minutos, pero se debe pernoctar un día, ya que las salidas son lunes, miércoles y viernes.
Las islas del archipiélago de San Blas están en la costa del Caribe panameño, desde el golfo de San Blas, casi hasta la frontera colombiana. Colombia es su frontera natural. Muchas de las islas se utilizan solamente para fines turísticos. Se levantan en ellas cabañas, hoteles y pequeños hostels rodeados de vegetación, playas de finísima arena blanca y aguas de un verde transparente. En un bello islote, la Isla del Perro, se ven algunas carpas armadas debajo de un palmeral. Las casas son de arquitectura sencilla en construcciones principalmente de caña. Son sólidas y resistentes a los cambios climáticos.
La mayoría de los habitantes son kunas. Sus costumbres producen un retorno al pasado. Ellos manejan los medios conducentes para facilitar el turismo en estas bellas islas donde gobierna la naturaleza. Integran una provincia autónoma con poca intervención del gobierno central, y mantienen su sistema económico, idioma y costumbres, como es el caso de su vestimenta tradicional, las reconocidas molas.
Este tejido artístico está hecho con una técnica de bordado y bordado inverso. Cada prenda demanda mucho tiempo y destreza con las agujas. Las mujeres visten esos atuendos de un colorido singular. La confección y venta de las molas es para los kunas una importante fuente de ingreso. Si bien los poblados son en su gran mayoría insulares, los terrenos de labranza y cría están ubicados en la cercana tierra firme, a la que se desplazan diariamente en sus cayucos (botes de remo) para trabajar los cultivos. El pescado es el principal sostén de la dieta, junto a plátanos y cocos.
Resulta curioso el intercambio de mercancías de una embarcación a otra en pleno mar Caribe. Importaciones traídas en barcos colombianos son adquiridas así por los kunas. Un jefe isleño relata la importancia del coco en su cultura. A la máxima autoridad de cada isla se la llama saila, y a la de la comarca, cacique. Su palabra o sentencia no admite discusiones. O sea que “valen un coco”. Tan es así, que en cualquier diálogo utilizan el fruto del cocotero como una unidad monetaria. Pero obviamente usan dólares. Mediante un comportamiento distintivo, esta comunidad ha evitado el desarrollo del turismo “tradicional”. Instalaciones sencillas, simples, y comida fresca –sobre todo pescados y frutas– ofrecen a los visitantes tranquilidad, sosiego.
Y diversión. Los arrecifes, muchos de ellos antiquísimos, son excelentes sitios para practicar snorkeling y natación. Los kunas, estudiosos y cultos, atraen con su música y danzas. Pero hay un tema que alegra sus ojos y ocupa un lugar destacado en sus leyendas: la rebelión que protagonizaron hace casi cien años frente al intento de “modernizarlos”, si vale el término (ver Imperdible).
Tambores y raspados
Una copiosa lluvia tropical acompaña el regreso a la capital de Panamá, donde la excursión a la Ciudad Vieja precede a las demás. Fue destruida con el ataque del pirata galés Henry Morgan, en 1671. La segunda fundación de Panamá fue en 1673. Con la experiencia adquirida se la hizo mucho más fortificada, a recaudo de los ataques de filibusteros ávidos de oro, y se erigieron en su interior edificios religiosos, militares y civiles.
Construcciones de bellas formas, algunas se conservan hoy y otras están en pleno proceso restaurador. Es prioritaria la restauración de los edificios históricos. Se destacan la Iglesia de la Merced, la Casa de la Municipalidad, las Ruinas del antiguo Convento de la Compañía de Jesús. Durante el paseo, flamean varias banderas nacionales. Su emblema está formado por un rectángulo dividido en cuatro: colores y estrellas rojos y azules representan la unión de conservadores y liberales durante la lucha por la libertad del país.
Tentaciones de los viajes, de los recorridos, por el centro urbano un puesto callejero ofrece un “raspado”. Los vendedores raspan una barra de hielo, llenan un cucurucho y le agregan leche saborizada, miel y jugo de frutas. Una delicia deleitada aún más al compás de un “tamborito”, expresión artística representativa de la panameñidad. Y ahí nomás, en la calle Navarro, el ex campeón mundial de boxeo Roberto “Mano de Piedra” Durán posee un restaurante –la Tasca de Durán– que sirve excelente comida típica local.
Los buenos platos son acompañados por decoración que recuerda su pasado deportivo glorioso. A veces se lo puede oír cantar mientras se desplaza alrededor de las mesas, otra faceta del ex multicampeón.
Una visita al gran Canal
Durante el trayecto hasta la sede del Centro de Visitantes de Miraflores, lugar donde los turistas pueden disfrutar tanto de una visita guiada como del paso de un buque a través de las esclusas del monumental complejo denominado integralmente Canal de Panamá, se observan decenas de “diablos rojos”, transportes colectivos de personas. Son multicolores, pintados con infinita imaginación. En verdad no hay uno igual a otro. Lo mejor es verlos cuando pasan por la cinta costera con el mar Caribe de fondo.
El primer intento de construir una ruta a toda agua por Panamá lo hicieron los franceses en 1880. Problemas financieros y enfermedades truncaron la iniciativa de Fernando de Lesseps. Desde su independencia, en 1903, Panamá acordó con Estados Unidos la construcción del canal. Se terminó el 15 de agosto de 1914 y los norteamericanos lo administraron hasta 1999.
El agua que se utiliza para subir y bajar las naves en cada juego de esclusas se obtiene, por gravedad, del lago Gatún, y es vertida en las esclusas a través de un sistema de alcantarillado. El renombrado Corte Culebra es la parte más estrecha del canal y sus casi 13 km representan una quinta parte de la extensión de la vía. Este segmento fue excavado a través de roca y piedra caliza de la Cordillera Central de la península panameña. Las rocas fueron utilizadas luego para el relleno de la Calzada de Amador, que conecta la parte continental de la ciudad con las islas Naos, Perico y Flamenco. Actualmente es un paseo imperdible. Bares, restaurantes, galerías con vistas espléndidas junto a yates, lanchas y botes.
De día o de noche se puede caminar, trotar o andar en bicicleta con el mar a ambos lados de la ruta. Y ver, mientras tanto, aves migratorias buscando el aire caliente de la playa, donde flotan y descansan sin dificultad, en su paso por el istmo de Panamá
Un recorrido por la capital y las coloridas islas de San Blas. Sabores e historia junto al famoso canal, una de las obras de ingeniería más relevantes del mundo.
Una joven corre hacia el embarcadero. Otras la imitan y salen raudas hacia el muelle. Visten polleras y blusas llamativas. Un pañuelo rojo cubre sus cabelleras y, alrededor de las piernas, unas tiras, una especie de anillos, casi hasta las rodillas. Los colores y la confección de estas prendas no son comunes. Una lancha repleta de pasajeros y mercancías ya está cerca del espigón. Viaja en ella una niña rubia de dos años, que sonríe y levanta su manita. “Mola, kuna, Charly”, dice, alentada entre risas por los padres. A medida que descienden se saludan con los miembros de la comunidad Kuna Yala, vientre de los tejidos llamados molas. Acaban de poner pie en una de las fascinantes islas del archipiélago de San Blas, frente a las costas caribeñas de Panamá. El periplo además recorrerá la city panameña y el atajo marítimo más importante del mundo; la unión de dos océanos, producto del ingenio del hombre: el Canal de Panamá.
Contrapuntos
Luego de un trayecto de casi 60 km serpenteantes desde el centro de la ciudad capital, en unas camionetas 4x4 (las únicas unidades que transportan hasta allí a turistas y locales, dado lo empinado de algunas elevaciones), se arriba a Puerto Kartí, principal base de partida continental hacia las 365 islas de la comarca Kuna, de las cuales sólo 52 se hallan habitadas. Media hora de navegación rápida acercan a Wichiwala y El Porvenir, dos poblados insulares de los nativos kunas. A esta última isla arriban avionetas desde el aeropuerto internacional Marcos A. Gelabert. El viaje dura unos 20 minutos, pero se debe pernoctar un día, ya que las salidas son lunes, miércoles y viernes.
Las islas del archipiélago de San Blas están en la costa del Caribe panameño, desde el golfo de San Blas, casi hasta la frontera colombiana. Colombia es su frontera natural. Muchas de las islas se utilizan solamente para fines turísticos. Se levantan en ellas cabañas, hoteles y pequeños hostels rodeados de vegetación, playas de finísima arena blanca y aguas de un verde transparente. En un bello islote, la Isla del Perro, se ven algunas carpas armadas debajo de un palmeral. Las casas son de arquitectura sencilla en construcciones principalmente de caña. Son sólidas y resistentes a los cambios climáticos.
La mayoría de los habitantes son kunas. Sus costumbres producen un retorno al pasado. Ellos manejan los medios conducentes para facilitar el turismo en estas bellas islas donde gobierna la naturaleza. Integran una provincia autónoma con poca intervención del gobierno central, y mantienen su sistema económico, idioma y costumbres, como es el caso de su vestimenta tradicional, las reconocidas molas.
Este tejido artístico está hecho con una técnica de bordado y bordado inverso. Cada prenda demanda mucho tiempo y destreza con las agujas. Las mujeres visten esos atuendos de un colorido singular. La confección y venta de las molas es para los kunas una importante fuente de ingreso. Si bien los poblados son en su gran mayoría insulares, los terrenos de labranza y cría están ubicados en la cercana tierra firme, a la que se desplazan diariamente en sus cayucos (botes de remo) para trabajar los cultivos. El pescado es el principal sostén de la dieta, junto a plátanos y cocos.
Resulta curioso el intercambio de mercancías de una embarcación a otra en pleno mar Caribe. Importaciones traídas en barcos colombianos son adquiridas así por los kunas. Un jefe isleño relata la importancia del coco en su cultura. A la máxima autoridad de cada isla se la llama saila, y a la de la comarca, cacique. Su palabra o sentencia no admite discusiones. O sea que “valen un coco”. Tan es así, que en cualquier diálogo utilizan el fruto del cocotero como una unidad monetaria. Pero obviamente usan dólares. Mediante un comportamiento distintivo, esta comunidad ha evitado el desarrollo del turismo “tradicional”. Instalaciones sencillas, simples, y comida fresca –sobre todo pescados y frutas– ofrecen a los visitantes tranquilidad, sosiego.
Y diversión. Los arrecifes, muchos de ellos antiquísimos, son excelentes sitios para practicar snorkeling y natación. Los kunas, estudiosos y cultos, atraen con su música y danzas. Pero hay un tema que alegra sus ojos y ocupa un lugar destacado en sus leyendas: la rebelión que protagonizaron hace casi cien años frente al intento de “modernizarlos”, si vale el término (ver Imperdible).
Tambores y raspados
Una copiosa lluvia tropical acompaña el regreso a la capital de Panamá, donde la excursión a la Ciudad Vieja precede a las demás. Fue destruida con el ataque del pirata galés Henry Morgan, en 1671. La segunda fundación de Panamá fue en 1673. Con la experiencia adquirida se la hizo mucho más fortificada, a recaudo de los ataques de filibusteros ávidos de oro, y se erigieron en su interior edificios religiosos, militares y civiles.
Construcciones de bellas formas, algunas se conservan hoy y otras están en pleno proceso restaurador. Es prioritaria la restauración de los edificios históricos. Se destacan la Iglesia de la Merced, la Casa de la Municipalidad, las Ruinas del antiguo Convento de la Compañía de Jesús. Durante el paseo, flamean varias banderas nacionales. Su emblema está formado por un rectángulo dividido en cuatro: colores y estrellas rojos y azules representan la unión de conservadores y liberales durante la lucha por la libertad del país.
Tentaciones de los viajes, de los recorridos, por el centro urbano un puesto callejero ofrece un “raspado”. Los vendedores raspan una barra de hielo, llenan un cucurucho y le agregan leche saborizada, miel y jugo de frutas. Una delicia deleitada aún más al compás de un “tamborito”, expresión artística representativa de la panameñidad. Y ahí nomás, en la calle Navarro, el ex campeón mundial de boxeo Roberto “Mano de Piedra” Durán posee un restaurante –la Tasca de Durán– que sirve excelente comida típica local.
Los buenos platos son acompañados por decoración que recuerda su pasado deportivo glorioso. A veces se lo puede oír cantar mientras se desplaza alrededor de las mesas, otra faceta del ex multicampeón.
Una visita al gran Canal
Durante el trayecto hasta la sede del Centro de Visitantes de Miraflores, lugar donde los turistas pueden disfrutar tanto de una visita guiada como del paso de un buque a través de las esclusas del monumental complejo denominado integralmente Canal de Panamá, se observan decenas de “diablos rojos”, transportes colectivos de personas. Son multicolores, pintados con infinita imaginación. En verdad no hay uno igual a otro. Lo mejor es verlos cuando pasan por la cinta costera con el mar Caribe de fondo.
El primer intento de construir una ruta a toda agua por Panamá lo hicieron los franceses en 1880. Problemas financieros y enfermedades truncaron la iniciativa de Fernando de Lesseps. Desde su independencia, en 1903, Panamá acordó con Estados Unidos la construcción del canal. Se terminó el 15 de agosto de 1914 y los norteamericanos lo administraron hasta 1999.
El agua que se utiliza para subir y bajar las naves en cada juego de esclusas se obtiene, por gravedad, del lago Gatún, y es vertida en las esclusas a través de un sistema de alcantarillado. El renombrado Corte Culebra es la parte más estrecha del canal y sus casi 13 km representan una quinta parte de la extensión de la vía. Este segmento fue excavado a través de roca y piedra caliza de la Cordillera Central de la península panameña. Las rocas fueron utilizadas luego para el relleno de la Calzada de Amador, que conecta la parte continental de la ciudad con las islas Naos, Perico y Flamenco. Actualmente es un paseo imperdible. Bares, restaurantes, galerías con vistas espléndidas junto a yates, lanchas y botes.
De día o de noche se puede caminar, trotar o andar en bicicleta con el mar a ambos lados de la ruta. Y ver, mientras tanto, aves migratorias buscando el aire caliente de la playa, donde flotan y descansan sin dificultad, en su paso por el istmo de Panamá
ARUBA: Videos
¡Bienvenidos a Aruba!
http://www.youtube.com/watch?v=QXhzh-iU8ro
Aruba Helicopter Tour
http://www.youtube.com/watch?v=IA4ke9frh4g
Aruba: Tropical Caribbean Island Holiday
http://www.youtube.com/watch?v=WRLwlTusRVQ
CURACAO: Videos
Curacao The Difference - Español
http://www.youtube.com/watch?v=ByuwcKUMzT8
Vacaciones Curacao
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PANAMA: Videos
PANAMA TURISMO | Video Trailer
http://www.youtube.com/watch?v=0oJ4F4usWZ4
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http://www.youtube.com/watch?v=iYMZ1VirYI0
Panama Turismo
http://www.youtube.com/watch?v=ImKsTterLoQ
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